ABC: ” Jaroussky cautiva con Schubert”

El contratenor Philippe Jaroussky es una de aquellas apuestas seguras que llenan salas de conciertos con solo anunciar su nombre. Su ejército de fans siempre está ansioso por escuchar sus agilidades en Händel y Vivaldi, que le van como anillo al dedo. Casi siempre. Porque a veces, Jaroussky arriesga y se marcha de su repertorio para experimentar, aunque eso implique que, como pasó el martes, el Palau de la Música se quede a un 80% del aforo -cosa que en los tiempos que corren no está nada, pero que nada mal-.

Y es que el francés se presentó ante sus incondicionales no con las celebradas maravillas del Barroco sino con un repertorio dedicado exclusivamente a lieder de Schubert. Nada de fuegos de artificio, nada de lucimiento por el lucimiento, nada de cautivar al público con piruetas. El lied es el terreno del sentimiento íntimo y el derroche de energía se siente por dentro, sin aspavientos.

Despojado, pues, de una de sus armas más valiosas, el concierto de Jaroussky podía dar a priori cierta pereza. En Barcelona nos hemos acostumbrado a recibir a la crème de la crème del lied y este género no está pensado para la voz de contratenor, que por cuestiones de técnica vocal está más limitada en matices y colores que la de cualquier otro cantante. ¿Qué podía aportar, pues, Jaroussky en este terreno?

La respuesta es lapidaria: inteligencia y musicalidad. Jaroussky va sobrado de ambas cualidades, con gorgoritos o sin ellos. Inteligencia a la hora de escoger una veintena de lieder pertenecientes a diversas colecciones, pero que van especialmente bien a su voz. Y musicalidad a la hora de abordarlas, sabiendo que no cuenta con los mismos recursos que los cantantes para los que estas obras fueron originalmente pensadas. Jaroussky encontró el estilo adecuado, y su preciosa voz, junto con una técnica increíble, hicieron el resto.

Con todo, algunas piezas sonaron más convincentes que otras. En la marcial «Gruppe aus Tartarus», por ejemplo, se echó en falta la intensidad que requiere la partitura. En cambio fue precisamente en las más intimistas, como «Im Abendrot», «Du bist die Ruh» o «Litanei» donde cautivó al público, que acabó aplaudiendo calurosamente y arrancándole dos propinas no por más previsibles menos acertadas: «Städchen» y «Die Forelle».